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La decisión de Christopher Wood, director global de estrategias de acciones en Jefferies, representa una reevaluación estratégica importante para el capital institucional. Ha eliminado por completo el Bitcoin de su cartera de inversiones principal. Esta decisión no se debe únicamente a las fluctuaciones de precios recientes, sino más bien a una duda fundamental sobre la viabilidad a largo plazo del activo en cuestión. El 10% asignado al Bitcoin ha sido redistribuido entre el oro físico y las acciones relacionadas con la minería de oro. Esto constituye una clara diferencia táctica con respecto a la opinión general de los inversores institucionales, quienes apoyan a los activos digitales.
La argumentación de Wood se basa en un riesgo estructural que ha pasado de ser algo teórico a una realidad práctica en la construcción de portafolios. Él menciona la amenaza a largo plazo que representan los avances en la computación cuántica para la seguridad criptográfica de Bitcoin y su capacidad de almacenamiento de valor. En su opinión, esta vulnerabilidad socava la idea de que Bitcoin pueda funcionar como un activo confiable y adecuado para inversionistas a largo plazo. Se trata de una crítica sofisticada, centrada en la tecnología fundamental del activo, más que en su volatilidad en el mercado.
La reasignación hacia el oro se debe a la preferencia por aquellos activos que presentan un bajo riesgo y una mayor liquidez. El oro ofrece un respaldo tangible; además, ha demostrado su eficacia como elemento de estabilidad en los portafolios, frente a la debilitación del dinero fiduciario. También presenta menos incertidumbre regulatoria, en comparación con los activos digitales, que están en constante evolución. Para la preservación del capital, la lógica institucional favorece al oro, que cuenta con una trayectoria centenaria, frente a la relativa juventud de Bitcoin y su falta de resistencia frente a las amenazas tecnológicas. Este cambio indica una reevaluación de los factores de calidad dentro de los activos alternativos, priorizando aquellos activos que tengan un perfil de riesgo más claro y duradero, para formar parte del portafolio principal.
La reevaluación estratégica realizada por Christopher Wood de Jefferies se basa en un conjunto de problemas estructurales que ponen en tela de juicio la propuesta de valor fundamental de Bitcoin. No se trata de fluctuaciones de mercado a corto plazo, sino de vulnerabilidades profundas que generan un riesgo adicional, lo que constituye una ventaja estructural clara para los metales preciosos físicos.

El primer riesgo es un cambio estructural en los incentivos económicos de la red, que tendrá efectos a corto plazo. Como ha señalado el analista de criptomonedas Bons, la reducción constante de los subsidios para la minería, tras el mecanismo de división del Bitcoin, podría comprometer la seguridad a largo plazo de la red. El mecanismo de división del Bitcoin, diseñado para controlar la oferta de criptomonedas, también reduce la recompensa que reciben los mineros por cada bloque encontrado. Con el tiempo, esto crea una situación en la que los incentivos económicos para proteger la red disminuyen, lo que podría provocar ataques o desestabilizar el mecanismo de consenso. Esto representa una presión real y constante sobre la seguridad fundamental del activo en cuestión. En comparación, el oro no tiene un ciclo de subsidios comparable.
El segundo riesgo, y más importante, es la amenaza que representa la computación cuántica. Este es el núcleo de las dudas sobre la durabilidad del Bitcoin. Aunque esta amenaza era teórica en un principio, ahora está entrando en el ámbito práctico. El riesgo proviene de los ordenadores cuánticos, que podrían socavar la criptografía asimétrica utilizada para proteger las carteras de Bitcoin. En un análisis reciente, el jefe de investigación de inversiones de Coinbase estimó que aproximadamente una tercera parte de la oferta total de Bitcoin podría estar expuesta a este riesgo, bajo ciertas condiciones. Esto incluye los tipos de carteras tradicionales, así como las claves públicas utilizadas en cada transacción. El riesgo se agrava debido a la creciente conciencia institucional, incluida la decisión de BlackRock de señalar los riesgos cuánticos en su informe sobre los ETF de Bitcoin, el año pasado.
Esta amenaza cuántica introduce un “riesgo cuántico” único, algo que no existe en el caso del oro. En el caso del oro, el riesgo es principalmente de naturaleza física y geopolítica. En cambio, en el caso de Bitcoin, el riesgo es tecnológico y existencial; esto podría socavar toda su capacidad como medio de almacenamiento de valor. Esto crea una asimetría fundamental en los perfiles de retorno ajustado al riesgo. El oro ofrece una trayectoria centenaria de preservación del valor a través de los cambios tecnológicos. Por otro lado, Bitcoin enfrenta el riesgo de obsolescencia tecnológica, lo que podría hacer que una parte significativa de su suministro se vuelva vulnerable a robos. Para el capital institucional que busca activos duraderos y de muchas décadas de duración, esto representa un riesgo real e incalculable, lo cual favorece la seguridad material y tangible del oro físico.
Mientras que Christopher Wood de Jefferies se está ajustando para lograr una mayor durabilidad del Bitcoin, existe otra perspectiva institucional que apuesta por una valoración más alta del Bitcoin en el año 2026. Esta perspectiva se basa no en ciclos especulativos, sino en un cambio estructural hacia la adopción institucional del Bitcoin. La demanda de fondos cotizados y los factores macroeconómicos se consideran los principales motores de este proceso.
La proyección más agresiva proviene de Tom Lee, de Fundstrat. Él ha vuelto a afirmar que el Bitcoin podría alcanzar cierto nivel de precio.
Lee sostiene que este movimiento de precios se aleja del ciclo tradicional de reducción de volumen cada cuatro años. En su opinión, ese ciclo está rompiéndose. En cambio, el precio de las criptomonedas está siendo impulsado por tres factores: la continua absorción de suministros a través de los fondos cotizados en bolsa relacionados con Bitcoin; una base de inversores institucionales que está envejeciendo; y un entorno macroeconómico que se está volviendo favorable para los activos de riesgo. Su plan inmediato consiste en lograr un aumento del 35% en el primer mes del año, superando así su nivel más alto hasta ahora.Esta acumulación institucional cuenta con el respaldo de una serie de proyecciones de precios importantes por parte de los bancos. Aunque los 250,000 dólares de Lee son una excepción, las proyecciones de otras empresas sugieren que el rango de precios para el año 2026 será entre 143,000 y 170,000 dólares. Estas estimaciones dependen del mantenimiento del impulso en los ETF y de un contexto macroeconómico favorable. Esto indica que la trayectoria del activo está determinada ahora por los flujos de capital provenientes del sector financiero tradicional, y no por las condiciones económicas del sector minero.
Se espera que el factor que impulsará esta llegada institucional sea la claridad regulatoria. Grayscale anticipa que…
Se considera que este paso anticipado es un factor clave para lograr una integración más profunda entre los blockchains públicos y el sector financiero tradicional. Además, esto podría permitir el uso de capital que actualmente se encuentra “al margen” del sistema financiero. La empresa también espera que Bitcoin alcance un nuevo récord en la primera mitad del año, gracias a esta mejorada arquitectura regulatoria y a la creciente demanda de formas alternativas de almacenamiento de valor, dado los temores relacionados con la debilitación del dólar.En resumen, existe una clara divergencia en las opiniones de los inversores institucionales. El punto de vista optimista considera que el año 2026 marcará el comienzo de una nueva era para las criptomonedas, donde las entradas de fondos de inversión y los avances regulatorios crearán una situación basada en la demanda. Esto contrasta claramente con la reevaluación centrada en la durabilidad, lo que supone un test importante para determinar qué narrativa será más viable a medida que los asignadores de capital evalúen los riesgos y beneficios de los activos digitales.
La divergencia estratégica entre Christopher Wood de Jefferies y las opiniones de los inversores institucionales que apuestan por el aumento de los precios del Bitcoin crea una oportunidad táctica clara para la construcción de carteras de inversión. La decisión principal consiste en apostar por la durabilidad frente a la adopción generalizada del Bitcoin como instrumento de inversión. Para preservar el capital, las pruebas indican que es recomendable mantener una posición bajo en Bitcoin, redistribuyendo esa cantidad hacia el oro, ya que este tiene un factor de calidad y liquidez bien establecidos. Esto no se trata de una apuesta basada en acciones de precios a corto plazo, sino de una asignación estructural basada en perfiles de retorno ajustado al riesgo.
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Y también sirve como un facilitador principal para la integración institucional. Su éxito aceleraría los flujos de capital, facilitaría el comercio regulado y liberaría el capital que se moviliza lentamente. Esto, a su vez, pondría a prueba la tesis del caso alcista, según la cual el mercado se mueve impulsado por la demanda. Por otro lado, si este proceso se retrasara o se simplificara, esto validaría las preocupaciones relacionadas con la durabilidad de los activos, reforzando así la preferencia por activos tangibles y con baja incertidumbre regulatoria.El principal riesgo para la teoría del oro es un entorno macroeconómico caracterizado por una alta inflación y políticas monetarias expansivas. En tales circunstancias, la idea de que Bitcoin sea una alternativa superior a la moneda fiduciaria podría hacer que el valor de este activo aumentara, lo que pondría en desventaja al oro como alternativa monetaria. Esta es la tensión fundamental: la fortaleza del oro radica en su capacidad de resistir a todo tipo de regímenes monetarios; mientras que el potencial de Bitcoin radica en su crecimiento asimétrico, si el contexto macroeconómico favorece la escasez digital frente a la tangibilidad física.
Para los asignadores institucionales, la situación se trata de una posición calibrada. El riesgo de durabilidad que supone las amenazas cuánticas y los ciclos de subsidios en la red crea un riesgo real para Bitcoin, algo que no existe en el caso del oro. Al mismo tiempo, si la adopción institucional se verifica gracias al progreso regulatorio, esto podría generar un cambio significativo en la demanda a largo plazo. La construcción del portafolio implica dar prioridad al oro por su calidad y liquidez, mientras que considerar a Bitcoin como una posición táctica, dependiendo de la resolución de sus riesgos estructurales y del éxito del proceso regulatorio en 2026.
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