El “Escudo de Defensa Externa” de Rusia: Una responsabilidad que se paga por el precio correspondiente, y no un factor que pueda cambiar las cosas para los inversores.
El presidente Putin firmó una ley que protege oficialmente a los combatientes extranjeros de la extradición hacia otros países. Este paso se produce tras las acciones internacionales contra figuras rusas. La ley prohíbe que Rusia entregue a ciudadanos extranjeros o personas sin nacionalidad que han servido en sus fuerzas armadas a otros países, con el fin de que puedan ser procesados o cumplir sus penas. Esto protege, de hecho, a miles de reclutas que se unieron a las fuerzas armadas rusas en la guerra contra Ucrania. Esta práctica sigue siendo considerada un delito en muchas jurisdicciones, incluso aquellas que tienen relaciones diplomáticas con Moscú. La ley fue aprobada por la Duma Estatal y el Consejo Federal antes de que Putin la firmara. El número exacto de combatientes extranjeros aún no está claro, pero se estima que se trata de miles de personas.
Este “escudo legislativo” no representa un nuevo riesgo, sino más bien una formalización de una vulnerabilidad ya existente. El premium de riesgo del mercado para las inversiones en activos rusos siempre ha reflejado los peligros derivados de la agresión militar rusa y las posibles consecuencias legales para el personal ruso. Los riesgos subyacentes, como el ataque de Estados Unidos en Venezuela o las acusaciones presentadas por el Tribunal Penal Internacional contra líderes rusos, ya están incorporados en los precios de las acciones. La nueva ley no cambia estas dinámicas fundamentales; simplemente intenta gestionar las consecuencias de ellas. En ese sentido, se trata de una actuación política, un gesto simbólico para ganar apoyo interno y demostrar determinación, pero no de un cambio real en los cálculos estratégicos.
Un proyecto de ley separado, presentado al parlamento hace apenas unos días, permite el uso del ejército ruso en el extranjero para proteger a los ciudadanos rusos que sean procesados por tribunales extranjeros. Esta iniciativa surge tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y la posterior acusación contra él y su esposa por parte de Estados Unidos. El proyecto de ley prevé que el presidente pueda autorizar acciones militares para proteger a los ciudadanos rusos, si se considera que las decisiones judiciales extranjeras son contrarias a los intereses de Rusia. Sin embargo, esta medida también se basa en una posición ya existente: el uso del ejército ruso en el extranjero ya es una prerrogativa presidencial en casos en los que se percibe que las decisiones judiciales extranjeras son contrarias a los intereses nacionales de Rusia.
El proyecto de ley no representa tanto una nueva capacidad operativa, sino más bien un intento legislativo para codificar las respuestas que se deben dar ante un número creciente de acciones legales internacionales.
En resumen, el mercado ya ha procesado los riesgos fundamentales que estas leyes abordan. Los altos costos de hacer negocios en Rusia, el régimen de sanciones y la persistente inestabilidad geopolítica no son algo nuevo. La nueva ley es una reacción a estos problemas, no su causa. Para los inversores, la pregunta clave no es si la ley existe, sino si cambia la probabilidad o gravedad de los eventos que pretende manejar. Dado que esos eventos —la incursión de EE. UU., las acusaciones presentadas por la CPI y el reclutamiento de combatientes extranjeros— ya están conocidos y se han valorado en los mercados, el impacto de esta ley probablemente sea mínimo. La ley sirve como un escudo, pero es un escudo para una situación que el mercado ya está soportando.
Analizando la asimetría: simbolismo frente al riesgo práctico
La función principal de esta nueva ley es evidente: protege una vulnerabilidad conocida. El ejército ruso ha estado reclutando combatientes extranjeros durante más de un año. Se desconoce el número exacto de ellos, pero se estima que se trata de miles de personas.La ley prohíbe su extradición al extranjero con fines de enjuiciamiento penal.Esto sirve para protegerlos de las consecuencias legales que podrían surgir por alistarse en un ejército extranjero; algo que constituye un delito en muchos de los países de origen de estos ciudadanos. Se trata de una medida práctica, aunque controvertida, para superar la escasez de mano de obra y proteger un recurso valioso, aunque legalmente precario. El mercado ya ha internalizado el riesgo de que estos ciudadanos extranjeros sean objetivos de ataques. Por lo tanto, el principal efecto de esta ley es reducir una responsabilidad específica y cuantificable.
La ampliación de las facultades para el uso militar en el extranjero es otra cuestión. El proyecto de ley permitiría el uso de tropas rusas para proteger a sus ciudadanos que sean procesados por tribunales extranjeros. Este es un paso que sigue las acciones recientes, como la incursión de los Estados Unidos en Venezuela.El proyecto de ley ampliaría esas reglas y haría más fácil justificar las acciones militares.Como respuesta a la percepción de que existe un exceso de poder por parte de los tribunales judiciales. Sin embargo, esto se trata en realidad de una forma simbólica de soberanía. La aplicación práctica de este concepto está severamente restringida. El ejército ruso no cuenta con reconocimiento internacional para tales operaciones. Además, desplegar tropas en el extranjero con el objetivo de proteger a los ciudadanos probablemente provocaría conflictos directos con la nación anfitriona y sus aliados. El riesgo de escalada de los conflictos es enorme, mientras que las posibilidades de éxito son mínimas. Se trata, en realidad, de una afirmación legislativa del poder, y no de un plan operativo creíble.
Esta asimetría define el riesgo para los inversores. La ley que protege a los combatientes extranjeros aborda un problema real y existente, con una solución tangible, aunque éticamente problemática. En cambio, la ley que autoriza acciones militares en el extranjero trata una amenaza hipotética en el futuro, y su respuesta es tanto legalmente dudosa como estratégicamente imprudente. Lo primero representa una gestión controlada de un riesgo conocido; lo segundo, en cambio, es una apuesta de alto riesgo, sin ninguna clara compensación.
Este conjunto de medidas encaja en un patrón más amplio. Rusia, al mismo tiempo, está sobrepasando sus capacidades militares debido a la guerra costosa que lleva a cabo, y también intenta reintegrarse económicamente mediante propuestas como las mencionadas anteriormente.“Paquete Dmitriev”Estas medidas legislativas parecen estar destinadas a gestionar las presiones internas y externas: proteger la fuerza laboral, afirmar la soberanía y demostrar determinación. Para los inversores, lo importante es la asimetría del riesgo. El “escudo” para los combatientes extranjeros ya está incluido en el precio de mercado. La “espada” para los tribunales extranjeros es simplemente un gesto simbólico, con alta probabilidad de tener efectos negativos. No se trata de un nuevo riesgo que deba ser valorado en el mercado. El mercado ya ha pagado por esa vulnerabilidad; no está pagando por la fantasía de una solución que podría llevar a una escalada catastrófica.
Catalizadores, riesgos y lo que hay que tener en cuenta
El motivo que impulsa este paquete legislativo es claro: la utilización efectiva de las facultades militares ampliadas. El proyecto de ley proporciona un marco legal, pero su importancia geopolítica depende de cómo se aplique en la práctica. Un caso concreto y de gran importancia, como el de un ciudadano ruso procesado en el extranjero, podría ser el catalizador necesario para que se tome medidas al respecto. La reciente detención de un arqueólogo ruso en Ucrania, por acusaciones que Moscú considera “absurdas”, podría convertirse en un punto de inflexión importante.La embajada rusa ha informado sobre un aumento en las acusaciones dirigidas contra los rusos, bajo pretextos poco plausibles.Si tal situación se agrava, el Kremlin podría invocar la nueva ley como justificación para una respuesta militar. De este modo, un “escudo simbólico” podría convertirse en un catalizador directo para el conflicto.
El mayor riesgo es que la ley se convierta en un pretexto para acciones provocadoras en regiones donde Rusia tiene problemas históricos. Los analistas advierten que esto podría utilizarse como justificación para ejercer presión sobre los estados bálticos, que cuentan con minorías de habla rusa.El Kremlin ya ha justificado sus acciones militares utilizando argumentos relacionados con la defensa de los ciudadanos rusos o de las poblaciones que hablan ruso.La ley codifica esta situación, reduciendo el umbral para que se pueda intervenir. Un movimiento militar en los Balcanes sería una clara amenaza para la OTAN y un factor que podría llevar a un conflicto más amplio. Este riesgo ya está tenido en cuenta en los gastos de defensa europeos, pero no en las evaluaciones de los activos rusos.
Lo que hay que observar es la reacción de Occidente. ¿Cómo reaccionarán las potencias de la OTAN y la UE ante esta ley y cualquier medida que se tome para su aplicación? Una condena firme y unificada, junto con medidas concretas, sería una señal de la solidez del actual estado de cosas. Por otro lado, una reacción dividida o pasiva podría animar a Moscú a seguir adelante con sus acciones. La verdadera prueba de esta ley no está en su aprobación, sino en su aplicación.
Al evaluar el riesgo/recompensa actual para los inversores, es necesario prestar atención a la asimetría entre los dos aspectos. El “escudo” para los combatientes extranjeros es algo realista y con un precio estable. En cambio, la “espada” para los tribunales extranjeros representa una apuesta de alto riesgo, con una baja probabilidad de éxito, pero con el potencial de obtener un resultado catastrófico para el adversario. El mercado ya ha pagado por esa vulnerabilidad; no está pagando por la fantasía de una solución que podría provocar una escalada de los conflictos. El riesgo/recompensa se inclina claramente hacia el lado negativo para quienes apostan por la estabilidad. La ley es un signo de advertencia, no un nuevo riesgo que deba ser valorado.



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