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La perspectiva de Kevin Whitaker tiene peso, ya que está basada en la experiencia de una carrera de 42 años en el Departamento de Estado. Durante su carrera, ocupó el cargo de embajador de los Estados Unidos en Colombia y también fue jefe de misión en Caracas. Por lo tanto, sus opiniones no son meras teorías, sino el resultado de décadas de experiencia en la gestión de las complejas situaciones políticas de la región. Sus recientes comentarios sobre el gobierno de transición de Venezuela no son simplemente análisis de políticas, sino una evaluación cuidadosa de un dilema estratégico. La decisión de Estados Unidos de mantener un gobierno considerado ilegítimo es, en su opinión, un riesgo calculado para evitar el caos que surgiría tras la disolución de las instituciones estatales en Irak. La alternativa, que consistiría en instalar a un líder visto como alguien que podría causar problemas, podría socavar seriamente su legitimidad. Para Whitaker, se trata de una apuesta de alto riesgo, basada en un modelo colonial del siglo XXI. Es muy poco probable que este modelo funcione, pero se considera necesario por el momento.
Sin embargo, esta intervención no es una acción aislada. Es un catalizador para un marco estratégico estadounidense más amplio y ya existente. La visión de convertir a la Hemisfera Occidental en una potencia energética fue expresada formalmente en el informe de 2020, “Una nueva estrategia energética de Estados Unidos para la Hemisfera Occidental”. El informe fue elaborado por el Departamento de Energía y el Atlantic Council. La estrategia tenía como objetivo principal impulsar la competitividad global de la región y promover la prosperidad compartida. Su lanzamiento se consideró como una respuesta directa al enorme potencial de la región y a la necesidad de enfrentarse a los enemigos extranjeros. La conclusión del informe era clara: lograr esta visión requeriría que Estados Unidos desempeñara un papel líder en el desarrollo y expansión de proyectos energéticos.
Los comentarios de Whitaker sobre los recursos petroleros de Venezuela, en el marco de la estrategia que busca el control estadounidense sobre ese país, revelan la importancia operativa de este plan. La intervención de Estados Unidos en Venezuela no es simplemente un acto político o humanitario; se trata de un paso directo hacia la seguridad de las fuentes de energía, algo fundamental para la estrategia hemisférica. El objetivo es redefinir las dinámicas económicas y de poder en la región, asegurando que los recursos energéticos del hemisferio fluyan a través de canales alineados con Estados Unidos, contrarrestando así la influencia rusa y fortaleciendo el dominio económico y estratégico estadounidense. Sin embargo, el gobierno de transición actual, por más defectuoso que sea, sigue siendo el puente frágil hacia ese futuro.
La visión de crear un corredor energético en el hemisferio occidental no es una simple aspiración; se trata de un mecanismo estructural basado en una gran brecha de capital y en una intensa competencia global por la influencia. La base de esta visión es una realidad contundente: la región enfrenta…
Esto no es simplemente un número; es una invitación directa al capital, creando una demanda estructural para miles de millones en proyectos de energía y transporte. La estrategia de Estados Unidos es posicionar a sus empresas energéticas como los principales arquitectos de esta reconstrucción. Sin embargo, este camino se ve amenazado inmediatamente por una nueva ola de capital proveniente del Medio Oriente. Fondos de patrimonio soberano y consorcios del Consejo de Cooperación del Golfo están invertiendo miles de millones en los sectores de energía, agricultura e infraestructura de América Latina, redefineendo así los flujos de capital globales y abriendo un frente competitivo directo.Esta competición sirve como base para una evaluación crítica de los proyectos. Venezuela, con su…
Y la necesidad de años de inversión para revivir la producción representa un esfuerzo a largo plazo y con altos costos. La intervención de los Estados Unidos en ese área es el catalizador estratégico, lo que asegura la “vía de escape” energética para el largo plazo. Pero el enfoque inicial del proyecto probablemente se centrará en proyectos regionales más accesibles, donde la inversión puede realizarse de manera más rápida y con resultados más claros. Por lo tanto, el mecanismo consiste en establecer prioridades: utilizar el poder político de Venezuela para demostrar la dominación de los Estados Unidos y atraer capital, al mismo tiempo que se dirige ese capital hacia proyectos que puedan generar resultados a corto plazo y dar impulso a la visión más amplia.En resumen, el éxito de este proyecto depende de una carrera por los recursos financieros. Las empresas energéticas estadounidenses están en posición de liderar, pero ahora deben competir directamente con los fondos soberanos del Medio Oriente, que cuentan con grandes recursos financieros, por el mismo conjunto de inversiones. Estados Unidos cuenta con el poder político, pero el Medio Oriente dispone de los recursos financieros necesarios. El resultado no solo determinará qué proyectos se construirán, sino también qué centro de poder finalmente marcará el futuro económico y estratégico de la región.
La estrategia de los Estados Unidos para establecer un corredor energético en el hemisferio occidental es un intento deliberado de reorganizar la estructura del poder en el hemisferio. Su objetivo geopolítico principal es limitar la influencia rusa en Venezuela, algo que constituye un pilar fundamental para la supervivencia del régimen de Maduro. La estrategia presenta esto como un objetivo central, reconociendo que el apoyo ruso proporciona al régimen cobertura diplomática, seguridad y un soporte económico. Al establecer un gobierno provisional, los Estados Unidos buscan cortar ese soporte económico y establecer un nuevo orden en el que los flujos energéticos controlados por los Estados Unidos sean la norma. Este ya no es un objetivo secundario; ahora es un elemento central de la política exterior de los Estados Unidos.
El cambio de una postura centrada en Europa a una en la que el dominio energético del hemisferio sea una prioridad absoluta destaca la importancia estratégica de este corredor.El catalizador inmediato para este reordenamiento es la creación de un gobierno de transición estable en Venezuela. Como señaló Kevin Whitaker, dejar un gobierno en el poder, incluso uno ilegítimo, evita el caos que sigue al colapso institucional. Esta estabilidad frágil es la condición previa esencial para el desarrollo económico del país. Proporciona el marco legal y de seguridad necesario para otorgar contratos y atraer las inversiones requeridas. Sin ella, la visión de un mercado energético unificado se convierte en algo teórico. La intervención de los Estados Unidos, por lo tanto, es el catalizador operativo que asegura la continuidad del sistema energético del país. Pero su éxito depende completamente de la capacidad de este gobierno para cumplir con las promesas de crear un entorno empresarial predecible.
Sin embargo, el camino hacia adelante está lleno de riesgos que podrían arruinar todo el proyecto. El más importante de estos riesgos es la proliferación de disturbios internos en Venezuela. Un gobierno considerado como un “marioneta” de Estados Unidos es vulnerable a rebeliones internas, lo cual desestabilizaría instantáneamente la región y alejaría a los capitales. La inestabilidad regional es una vulnerabilidad secundaria, pero crucial. El éxito del proyecto depende de un hemisferio estable y cooperativo, no de uno donde los choques políticos se extiendan más allá de las fronteras. Además, Estados Unidos enfrenta una competencia directa por parte de los fondos soberanos del Medio Oriente, quienes están invirtiendo en esa región.
Estos inversores no están sujetos a los mismos cálculos políticos, y podrían obtener una proporción desproporcionada de los beneficios derivados de la reconstrucción. Esto podría significar que las empresas estadounidenses queden relegadas al segundo plano, y que la influencia estadounidense se diluya.En resumen, el éxito del proceso depende de un equilibrio precario. Los Estados Unidos tienen la influencia política necesaria para iniciar este proceso, pero ahora deben lidiar con una compleja red de riesgos internos en Venezuela y con una intensa competencia internacional por el capital. Esta estrategia es un poderoso catalizador para redefinir las relaciones de poder en la región, pero su resultado final estará determinado por la estabilidad del gobierno de transición y por la capacidad del capital y las empresas estadounidenses de ganar la carrera por el futuro de la región.
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