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El siglo XXI ha sido un período de prueba para las instituciones financieras. Ha puesto a prueba los límites de la fragilidad del capital, pero también ha demostrado su capacidad de recuperación. Desde la crisis financiera mundial de 2008 hasta las recientes reformas en el marco regulatorio para el año 2025, la evolución de los marcos reguladores y las prácticas institucionales revela un patrón recurrente: los riesgos sistémicos surgen de la desregulación, del exceso especulativo y de una supervisión inadecuada. Pero estos riesgos también impulsan reformas que fortalecen la capacidad de resistencia del capital. Al analizar los precedentes históricos y las adaptaciones modernas, los inversores pueden comprender mejor cómo coexistir entre la fragilidad y la resiliencia en el panorama financiero actual.
La Gran Depresión y la crisis de los bancos de ahorro y préstamo en la década de 1980 son ejemplos de cómo la desregulación, cuando se combina con una supervisión insuficiente, aumenta el riesgo sistémico. Durante las décadas de 1930, la quiebra de más de 9,000 bancos en Estados Unidos puso de manifiesto la necesidad de implementar reformas fundamentales. La creación de la Corporación Federal de Seguros de Depósitos y la Ley Glass-Steagall en 1933 separaron la banca comercial del comercio de valores.
Sin embargo, estas medidas se vieron erosionadas en las décadas de 1970 y 1980, lo que llevó a la crisis del sector financiero. La desregulación, representada por la Ley de Instituciones de Pago y Depósitos de 1982, permitió que las entidades financieras pudieran realizar préstamos en el sector inmobiliario de alto riesgo, sin contar con suficientes recursos para protegerse o supervisar dichos préstamos. Cuando los mercados inmobiliarios colapsaron en la década de 1980…Estos episodios ponen de manifiesto una vulnerabilidad cíclica: la desregulación fomenta la innovación, pero también conduce a excesos especulativos. Por ello, son necesarias medidas regulatorias sólidas para evitar colapsos sistémicos.
La crisis financiera de 2008 puso de manifiesto las graves debilidades en materia de adecuación del capital y gestión de riesgos. Esto llevó a una reforma global de las regulaciones financieras. El acuerdo de Basilea III, introducido en 2010, se convirtió en el pilar fundamental de esta transformación. Este acuerdo estableció requisitos más estrictos en cuanto al capital necesario para las instituciones financieras.
También se introdujeron mecanismos de respaldo de capital, como el “buffer de conservación de capital” del 2.5%. En los Estados Unidos, la Ley Dodd-Frank de 2010 fortaleció aún más la resiliencia del sistema financiero, imponiendo estándares de prudencia más estrictos. Además, se creó la Oficina de Protección Financiera al Consumidor (CFPB).Estas reformas se implementaron entre los años 2015 y 2019.Esto refleja un cambio hacia una actitud de prudencia sistémica.Para el año 2025, las instituciones financieras habían perfeccionado aún más sus enfoques para gestionar los riesgos sistémicos, mediante la utilización de pruebas de escasez de capital y otras medidas relacionadas con la adecuación del capital. Por ejemplo, las pruebas de escasez de capital realizadas por la Reserva Federal en el año 2025…
En escenarios hipotéticos, se asegura que los modelos tengan en cuenta los riesgos relacionados con el crédito privado y las exposiciones en fondos de cobertura. De manera similar, el Prueba de Estrés de Capital Bancario del Banco de Inglaterra para el año 2025 también toma en consideración estos riesgos.Los bancos del Reino Unido experimentan menos retrasos en sus capitales, lo que indica una mayor resiliencia incluso bajo condiciones económicas difíciles. Cabe destacar que el análisis del Fed concluyó que…Dado que los bancos seguían manteniendo un capital suficiente para absorber las pérdidas en situaciones de recesión severa, estos acontecimientos destacan la necesidad de adoptar una cultura de gestión de riesgos más eficiente. En este contexto, los análisis de tipo “stress testing” ya no se consideran simplemente procedimientos de cumplimiento normativo, sino como herramientas estratégicas para la planificación empresarial.La arquitectura financiera del siglo XXI está siendo influenciada cada vez más por riesgos no tradicionales, como el cambio climático y la volatilidad de los mercados privados. Las instituciones ahora priorizan las pruebas de resistencia interna para enfrentar estos desafíos.
Para los inversores, esto indica un cambio hacia instituciones que integran proactivamente los riesgos emergentes en su planificación de capital. Además, la evolución de las normas de Basilea III y los marcos de prueba de estrés adaptativos de la Reserva Federal sugieren que los organismos reguladores dan prioridad a la agilidad sobre la rigidez, lo que permite que las instituciones puedan responder de manera dinámica a las amenazas en constante cambio.Para los inversores, las lecciones que se pueden extraer de la evolución histórica de las instituciones son claras. La fragilidad del capital es algo inherente a los ciclos de desregulación y excesos especulativos. Pero su resiliencia se fortalece gracias a marcos regulatorios sólidos y a una gestión adecuada de los riesgos. Las instituciones que han adoptado los requisitos establecidos en Basilea III, han utilizado pruebas de estrés avanzadas y han integrado los riesgos emergentes en sus estrategias, están mejor preparadas para soportar los shocks futuros. Por el contrario, aquellas que dependen de modelos obsoletos o de un control regulatorio inadecuado siguen siendo vulnerables.
En el siglo XXI, la resiliencia del capital dependerá de su capacidad para evolucionar junto con los riesgos sistémicos. Mientras que los marcos regulatorios continúan adaptándose, ya sea a través de una mayor transparencia, modelos de análisis de riesgos climáticos o el escrutinio por parte del mercado privado, los inversores deben alinear sus carteras con instituciones que prioricen la prudencia, la innovación y la estabilidad a largo plazo.
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